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Proyecto Vereda

Hace un año, aproximadamente, escribí un microrelato en mis redes sociales, buscando sacar afuera todo lo que me pasaba con la Pandemia. Tuvo mucha repercusión, y mucha gente se sintió identificada. Así que decidí dejarlo publicado por aquí. 

“Desde mi vereda”

Si hay algo que no he hecho últimamente (por decisión propia, lo admito), es enfrentarme a una página en blanco. Y rara vez me pasa.

Siempre he sido buena con las palabras, con las letras, con las páginas, pero rara vez me había enfrentado a tantos demonios juntos.

¿Qué podría decir en una época tan convulsionada como la actual?

En mi vereda (la primera línea, le llaman, a mí me suena más a que es la última), raras veces sale el sol. Y no es que no lo busquemos, es más bien que pocas veces lo encontramos. Pero les juro que en esta vereda atesoramos cada pequeño rayito de esperanza que aparece. Cada risa, cada abrazo, cada cumbia villera que se cuela a las tres de la mañana entre fichas, etiquetas, jeringas y ampollas de fentanyl de 1cc (y alguno que otro lloriqueo con Alejandro Fernández, vamos, que aquí no se le hace asco a nadie).

Desde esta vereda tienes vía libre al infierno, sin necesidad de un salvoconducto. Y de un lugar así jamás se vuelve sin cicatrices. De un lugar así, a veces, ya ni vuelves.

Pero es un infierno bonito, decorado a punta de cariño, alegría, corazón y palmadas en la espalda. Aquí abundan las palmadas en la espalda. 

En esta vereda se ríe poco, pero se ríe con ganas, se abraza con fuerza y se llora en voz alta. Yo, al menos, me he dado el lujo de no ahorrarme ni una sola lágrima, no vaya a ser que con el tiempo se me acumulen y ya no pueda pagar los intereses. 

Y en esta vereda también sale el sol. Pocas, raras y fugaces veces…pero sale. 

Sale en cada apretón de manos, en cada abrazo, en cada caricia. Sale también entre códigos azules, carros de paro, pañales sucios, sondas de aspiración y bombas ocluidas. En cada “sita”, en cada “joven”, en cada “gracias”. Pucha que sale el sol con cada “gracias”.

Y que salga el sol no significa que lo logremos. Es más, pocas veces lo logramos. Que salga el sol, en esta vereda, significa que lo hemos dado todo, y que lo sabemos.

Porque en esta vereda se entrega todo, las ganas, las fuerzas, las vibras y hasta los malos pensamientos. Aquí nadie se guarda nada, que después te entran las dudas y aquí con dudas nadie avanza. Aquí se hipotecan cenas, viajes, familias, amores y amistades. Con o sin consentimiento, en esta vereda nos hemos dejado hasta los sueños. Es el precio que nos has tocado pagar y, créalo o no, la última línea paga cuotas elevadas, y aquí nadie refinancia nada. Pero se hace lo que se tiene que hacer, porque nadie más va a venir aquí a poner el hombro.

Y es en esta vereda, abrazada por el miedo y la incertidumbre, donde he descubierto las cosas más bonitas e inverosímiles de la vida. He comprendido lo que significa una mano derecha, un amigo, un compañero. En esta vereda aprendí a pedir ayuda y también a darla, a apretar una mano, a secar una lágrima y a dar (verdaderas) palmadas en la espalda. Y también aprendí a despedirme, con el corazón en la mano y los puños apretados, entregando una sana y valiosa compañía a quienes les ha tocado partir solos.

Sacando cuentas agridulces, en esta vereda llevo más de un año.

Nos queda mucho, muchísimo, y en esta vereda ya estamos exhaustos. Pero toca ponerse de pie, limpiarse la tierra de las manos, y seguir peleando.

Que en esta vereda, aún nadie, ha bajado los brazos.

“Desde mi vereda” fue el relato que encendió mi necesidad de escribir un libro de relatos que plasmaran mi experiencia durante la Pandemia, para que todos puedan entender como lo vivimos los del otro lado de la trinchera, los “primera línea”. 

Ese libro esta próximo a ser terminado, y no puedo esperar a que lo lean!

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